DUELO DE OFICINISTAS

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Profundicé tarde en la figura de Hanne Darboven. Fue tras su muerte, en el momento en que el contenido de su casa-estudio fue descubierto al gran público. Hasta entonces, se la conocía como la artista conceptual que presentaba hojas y hojas de garabatos enmarcados, la simulación de una escritura que repetía siempre el mismo gesto y con la que llenaba las paredes de los espacios en los que se exponían sus instalaciones, aderezadas por lo demás con algún objeto aislado que dialogaba misteriosamente con aquellos jeroglíficos: un maniquí, una casa de muñecas…

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Pero tras su muerte, como digo, se abrieron las puertas de su casa familiar en Harburg y así, llegó a trascender su modo de vida. Resultó que aquella señora de expresión gélida, de modales rígidos e impecables, autora de una obra hermética, de una limpieza rayana en la mínima expresión, llevaba décadas acumulando ingentes cantidades de cachivaches: máquinas de pinball, bustos de cerámica, animales disecados, antigüedades de diverso valor, figurillas de personajes Disney. A pesar de la inmensa cantidad de material, todo se hallaba meticulosamente ordenado. Aunque las claves de su método de catalogación fueran desconocidas, la impresión de coherencia del conjunto salta a la vista. La escultura de un dinosaurio pende por encima de uno de sus escritorios; junto a otra mesa de trabajo, hace guardia la talla en madera de un caballo blanco a tamaño natural. Hay una sala dedicada a la música, bien surtida de instrumentos tales como cítaras, mandolinas y violines, aunque ella no supiera tocarlos. Con los años, la artista fue construyendo nuevas naves y pabellones anexos a la casa, en los que almacenar su colección. Cada mañana hacía su camino, sorteando vitrinas y anaqueles, hasta llegar a su estudio para pasar allí horas, según un horario laboral estricto, llenando papeles con sus garabatos.

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Un poco como le ocurrió a Raymond Roussel, un descubrimiento póstumo arrojó nueva luz sobre la obra de Hanne Darboven, modificando desde entonces su interpretación. Como se explica en el catálogo de la exposición que trajo una representación de la casa-estudio a España(1), la colección puede ser leída como una obra enciclopédica, una genealógía en torno a la historia de la Modernidad europea a través de sus souvenirs (objetos de consumo que fijan un recuerdo) así como una especie de evocación nostálgica de la burguesía hanseática, esto es, de su propio pasado familiar. De hecho, los trajes de caballero retocados que solía vestir Darboven eran heredados de su padre. Bajo esta perspectiva, su trabajo diario llenando legajos –a menudo hojas para albarán, papel pautado de oficina o cuadernos con membrete- se reveló como una suerte de imitación de la labor de un esforzado oficinista o un ocupado negociante de importaciones, en su despacho al final del almacén en que se agolpa la mercancía. La artista se aferraba al ejercicio del trabajo de oficina por sí mismo, una vez entendido que ya no existe el contenido ni la función productiva que justificaría tal ejercicio; como los famosos personajes de Flaubert Bouvard y Pécuchet, pero prescindiendo del texto que copiar.

Hasta aquí no he dicho nada nuevo, me he dedicado a resumir lo que otros han expresado antes y mejor. Si me he decidido a hablar de Hanne Darboven aquí es porque personalmente, me parece que su obra sublima como ninguna otra la quintaesencia del carácter alemán.

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Como se figurarán los lectores de En vez de nada, yo también llevo, como todo hijo de vecino, unos días pensando en el nacionalismo, visualizando a mi país en la estampa del Duelo a Garrotazos de Goya, como tanta gente –por algo será- ha visualizado antes. Pero esta monumental imagen no terminaba de satisfacerme como símbolo de lo que está pasando. Al fin y al cabo representa un momento suspendido al poco de empezar un combate feroz e irracional que no podrá durar mucho. Sin embargo –tomen conmigo un atajo, un tobogán vertiginoso que nos lleve desde Goya, a través de Kafka y Beckett, hasta Darboven- en la obra de la artista alemana hay una sistematización de la insensatez que me parece netamente alemana, moderna, burguesa y nacionalista. Pido que no me tomen a la tremenda estos comentarios sobre un(os) país(es) que no conozco tan bien, y sobre una artista cuyo trabajo me parece complejo y fascinante. Lo que intento decir, al fin y al cabo, es que ritualizar –y burocratizar, e historizar- la insensatez es la mejor manera de hacerla pasar por racional, por “sentido común”.

Si circunscribimos esta ritualización al terreno de lo simbólico, obtenemos actos poéticos, obras conceptualmente ricas y ambiguas que excitan la sensibilidad y el sentido del humor. Si la aplicamos al territorio político y lo social tendremos chauvinismo, aburrimiento y ridículo.

 

Javier Aquilué

(1) El Tiempo y las Cosas. La Casa-Estudio de Hanne Darboven. Ed. MNCARS 2014.

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