HABAS CONTADAS

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Como es habitual, escribir un post para En vez de nada me lleva a ordenar algunos estímulos que me van saliendo al encuentro, y que relaciono mientras escribo.  Comienzo hoy con “Just what is it that makes today´s exhibitions so different, so appealing?”, una instalación de Cristina Garrido que pude ver en la exposición de artistas seleccionados en Generación 2015. En la estancia se encontraban, desperdigados en un orden incierto, una serie de cachivaches que la artista había elegido tras investigar sobre cuáles eran los objetos más comunes en las instalaciones  de los últimos años: una palmera, una alfombra, una caja de cartón, un ventilador, un monitor de televisión. Irónicamente, la apariencia de la obra era familiar a pesar de que la presencia de cada una de sus partes estaba motivada por una mera razón “estadística”; era una especie de arquetipo de una instalación artística actual.

Fue imposible no darme por aludido, ya que yo mismo he empleado monitores de TV en muchas ocasiones, y la exposición Un Peso Fuerte (2009) incluía varios ventiladores. No recuerdo haber utilizado palmeras, pero sí que he pintado en alguna ocasión plantas de interior. La obra de Cristina Garrido me confrontaba con el hecho de que, a pesar del discurso teórico y las motivaciones personales que me llevan a producir mi trabajo, me encuentro al fin y al cabo dentro de un “estilo internacional”, de un zeitgeist formal. Me sentí, por así decirlo, algo adocenado.

En estos momentos acabo de terminar mi labor como comisario de una exposición titulada Puertos de Entrada. Y fue ayer mismo cuando, vagando por las redes sociales, me topé con un vídeo en el que se parodian precisamente las tareas de un comisario. A pesar de tratarse de una chanza bastante gruesa, que fusila todas las tretas humorísticas de los “Celebrities” de Muchachada Nui, hay cosas en ella que me hicieron sentir igualmente concernido: cito a Artaud en el texto para el catálogo, y el libro “El nuevo espíritu del capitalismo” De Luc Boltanski y Eve Chiapello, aunque no entrase en la bibliografía de mi proyecto, sí está en mi biblioteca. También Puertos de Entrada incluye obras de artistas que se cuentan en mi círculo de amigos y conocidos, y me he encontrado en el proceso entre una maraña de llamadas telefónicas, mensajes de whatsapp y facturas.

La autocrítica y el humor son sanos y fundamentales en un arte que se desea autoconsciente y honesto. Todo arte es en gran medida una forma de humor. Es positivo por ejemplo descubrir que la lengua franca de catálogos y ensayos dentro del ámbito institucional del arte está conformada por una amalgama de referencias a pensadores resistentes a la institucionalización y al uso mercantilizado de la cultura –como se trataba hace algunas semanas en El Estado Mental. Lo es asimismo el socavar las pretensiones de originalidad estilística. Sin embargo, tengo algo que objetar ante estas prácticas que abundan en la diagnosis fatalista de las vanas pretensiones del arte actual.

Y es que, por una parte, perpetúan el modelo de acción posmoderno según el cual <<la investigación sobre las relaciones entre el hecho artístico y los fenómenos sociales que acompañan y determinan su producción y su recepción>>[1] se convierte en la obra de arte en sí. La vacuidad del arte es a estas alturas una obviedad, el tema por excelencia, y dicha noción habría de ser superada o dotada de algún contenido suplementario para ser considerada verdaderamente interesante.

Por otro lado, dichas prácticas pueden contribuir a la popular idea de que trabajar en el arte es básicamente un fraude, ofuscado bajo capas de pose y palabrería cuya finalidad es en última instancia llevarse un dinerito y figurar. Sin negar que a ciertos niveles hay algo de verdad en ello, y como ya he dicho anteriormente en algún post, la mayoría de artistas que conozco son trabajadores precarios empeñados en producir un trabajo coherente en condiciones adversas. No puedo resistirme, claro está, a citar a Chiapello y Boltanski para decir que los artistas a los que me refiero son

“(…) individuos instruidos o muy instruidos, por lo general entre veinticinco y cuarenta años, sin hijos o hijas, en situación de empleo precario de forma más o menos intencionada. Persiguen trabajos temporales, viven sobre proyectos y persiguen contratos de trabajo con varios clientes al mismo tiempo, o al menos uno tras otro, por lo general sin seguro de enfermedad, vacaciones pagadas ni subsidio de desempleo; sus empleos no les cubren la seguridad social y por lo tanto no gozan de ninguna, o sólo de una mínima protección social. La semana de cuarenta horas de trabajo es una ilusión. El tiempo de trabajo y el tiempo libre no tienen fronteras definidas. El trabajo y el ocio ya no se pueden separar. Invierten el tiempo de trabajo no remunerado en acumular una gran cantidad de saber por el que no se les paga, pero que de forma natural se exige y se utiliza en las situaciones de trabajo remunerado” [2].

No intento aquí ponerle trabas al humor o al sentido crítico, ni exigirles siquiera un espíritu constructivo a la obra de Garrido y el vídeo de Eduardo Fernández, a los que otorgo por lo demás un valor significativo, y el mérito de identificar clichés (ellos mismos clichés posmodernos). Tan sólo trato de darles un saludable contrapunto tratando de poner en valor la labor de muchos productores culturales que intentamos poner toda la carne en el asador; labor de la que, verdaderamente, nos reímos todos los días muy en serio, con el amargor soterrado de quien se defiende en un contexto del que nos encontramos a menudo disociados.

De hecho, me recuerdo ahora mismo a mi abuela -y con esta última digresión acabo, sufridos lectores de En vez de nada. Hace años, viendo la tele con ella en la cocina, apareció Verónica Forqué en el Club de la Comedia, y comenzó un monólogo en el cual hablaba de lo mal que lo había pasado en su estancia en una casa rural: mosquitos, ovejas malolientes y ese tipo de incomodidades. Mi abuela se sintió muy ofendida por el modo en que la Forqué -o sus guionistas- desacreditaban la vida en los pueblos. Yo relativizaba el impacto mediático que ella quizá imaginaba que aquello pudiera tener, por supuesto. Pero ¿saben qué? El monólogo me pareció de un insoportable esnobismo, y no le vi ninguna gracia.

Javier Aquilué

 

[1] PRADA, Juan Martín; La Apropiación Posmoderna. Ed. Fundamentos, Madrid 2001.

[2] BOLTANSKI, Luc, y CHIAPELLO, Eve: El nuevo espíritu del capitalismo. Ed. Akal, Madrid, 2002.

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