ALREDEDOR DEL ARMONIO

En Kiev cuando nieva tenemos un particular cariño al armonio. No es sólo el sonido de este instrumento, sino algo más: su apariencia, su carácter. Se ha ido convirtiendo de la manera más inadvertida en una de esas fijaciones, uno de esos iconos inexplicablemente significativos que acotan nuestro campo semántico, una de esas piezas contra las que nuestras canciones, como bolas de pinball, rebotan y van describiendo trayectorias. En nuestro último disco llegamos a dedicar un tema al traslado de un armonio y a la descripción de su funcionamiento.

 

 

Hace unos 10 años, Antxon y yo trabajábamos para un decorador que tenía su taller lleno de los más diversos trastos. Tratamos de comprarle un curioso teclado-maletín que acumulaba polvo en una esquina, pero él no quiso venderlo. Sin embargo, años más tarde me lo regaló. Al enchufarlo no di crédito: era un armonio portátil con un motor eléctrico. Lo hemos usado mucho desde entonces.

 

 

Pero ¿de dónde viene esta extraña filia común? El caso de Antxon parece tener una explicación más evidente: su familia atesora desde hace generaciones un precioso armonio de principios del siglo XX.

 

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Mi fascinación no tiene un origen tan localizable; es una incógnita para mi. Lo único que puedo hacer es rastrear algunas de las pistas desperdigadas por mi memoria, enumerar recuerdos de encuentros con el instrumento. Vamos allá:

  • Music for a found harmonium. Simon Jeffes de la Penguin Café Orchestra se encontró un armonio en un callejón en Japón. Estaba averiado, con la tecla de Do pulsada constantemente. Jeffes compuso este tema a partir de esa nota fija.

  • Neil Young de vez en cuando graba con armonio. La espectral versión de “Like a Hurricane” de su disco Unplugged fue lo primero que le oí tocar con él.

  • Nico tocaba el armonio. Cuando le preguntaban por qué había elegido ese atípico instrumento como fetiche, ella decía que escuchaba toda una orquesta al tocarlo.

  • Ensor tocaba el armonio. Por lo visto le gustaba incluso más que pintar.

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  • James Joyce definió al armonio como “el pulmón asmático del protestantismo”
  • Precisamente, el noblote maestro de “La Cinta Blanca” de Michael Haneke está aprendiendo a tocar el armonio
  • En “El Castillo de Argol”, novela temprana de Julien Gracq, hay una escena en que dos amigos descubren una vieja ermita en el bosque y dentro, un armonio. Mientras uno de ellos lo toca, se genera una atmósfera malsana hasta el punto de que el otro sufre un mareo, una premonición de los terribles acontecimientos que se avecinan.
  • No soy un gran fan de Björk, pero lo que más he disfrutado suyo, por encima de sus vídeos espectaculares de los 90, es esta cancioncita grabada en una iglesia islandesa, claro está, acompañada de un armonio.

  • Ivor Cutler tocaba el armonio, hasta el punto de imaginarle sentado a cada armonio que veo. El último es aquí el primero, un héroe para mi.

 

No estoy seguro de si he convertido a alguien a nuestra bizarra afición, o si más bien os he aburrido a base de bien y a golpe de los soplidos torpones de todos estos armonios. Dejo ya los teclados. Buena –y armónica- semana.

Javier Aquilué

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