LA INTERPRETACIÓN DE COPENHAGUE

Infinite-road

Llevo varias semanas caminando por una carretera desierta, apenas tiene curvas, es estrecha y ningún elemento corta mi visión en varios kilómetros, observo el horizonte continuamente.

Me dirijo hacia algún sitio pero no recuerdo muy bien a dónde.

Cada cierto tiempo, dudo de si me he golpeado la cabeza o he tomado algún producto en mal estado, a mi tambien se me hace extraña la situación y sin embargo no la puedo frenar.

Si me doy la vuelta, tengo la misma distancia y vacío que en el frente.

Puedo escuchar algún pequeño sonido e imaginar cientos de historias, muchas de ellas empiezan con que ese ruido se trata de un coche lleno de gente, paran y me devuelven a la civilización.

Aún no he visto ningún vehículo.

Y esos extraños sonidos, la mayor parte de las veces son rocas que caen por alguna pequeña pendiente. Quiero creer que alguna vez ese movimiento lo habrá provocado algún animal, más que nada por saber que alguien o algo anda igual de perdido que yo en esta maldita carretera.

Llevo un botellín de agua en el bolsillo que voy gestionando de forma extraordinaria y sorprendente, jamás había racionado nada en mi vida de esa manera.

Aún así, la sensación de sed es inevitable.

Mira, otro sonido, este podría ser un motorista que ha derrapado y se ha caído de su moto.

Ese pensamiento me obliga a acelerar el paso, algo bastante risible porque al cuarto paso noto toda la debilidad que tiene mi cuerpo en estos momentos.

Esa realidad no me frena, el motorista seguro que sabe lo que está ocurriendo.

Miro a los lados continuamente en busca de una columna de polvo provocada por el accidente. Nada.

El botellín cada vez está más vacío.

Debería dormir un poco, pero ningún lugar a los lados de la carretera me provoca sensación de paz. Y dormir en la carretera está descartado desde el primer minuto, seguro que al tumbarme se cumplía la ley de murphy.

Tras dar varios pasos más, pocos, porque estoy casi por completo agotado, me retiro al lateral derecho y me siento en una pequeña planicie.

El sol me da directamente en los ojos.

Demasiada paz, es algo extraño.

Es entonces cuando empieza a sonar un sonido gigantesco, algo monstruoso y casi sin darme tiempo a pensar o vaticinar el qué será, la carretera se llena de cientos de coches, se forma un atasco monumental.

Vuelvo a dudar de si me he golpeado la cabeza. Me froto los ojos.

A los pocos minutos empieza a bajar la cantidad de vehículos hasta por fin desaparecer.

No sé muy bien qué ha sucedido, algo normal en estas semanas.

Me pongo en pie y continúo andando.

Estoy seguro de que llegaré a algún sitio, es cuestión de tiempo.

 

Antonio Romeo

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